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Mi
tía Aurora es casada en segundas nupcias, se casó para poder
tener un hombre a su lado, pero he de decir que Pablo, su actual
marido tiene poco de hombre, es un homosexual que poco le
importan las mujeres. Aurora es una mujer que a pesar de tener
60 años es todo un torbellino, no duda en tirarle los tejos a
cualquier hombre que se le ponga por delante. Lo que relato me
pasó hace ya algún tiempo.
Como
de costumbre, al salir del lugar de donde trabajo, paso a
visitarla, ya que mi madre 20 años menor que ella, siembre me
da la tabarra para que lo haga, para ver si necesita algo. Así,
lo hacía, aquel día era uno de esos en los que el frío
cortaba, era un día de perros, caía una lluvia de la que hacían
época en la zona en la que residimos. Eran las
7:30
de una tarde noche bien cerrada, llegué a casa y como siempre
tenía por costumbre abrí la puerta con mi llave y entré
dirigiéndome a la sala de estar, para ver si se encontraba en
ella, ¡efectivamente, allí estaba!
-¡Hola
Tía Aurora! ¿Cómo estás hoy? –Le dije al tiempo que la
besaba en la mejilla.
-Muy
bien, ¿Y tú? –Cortésmente y toda sonriente contestó.
Aurora
estaba sentada en el sofá mirando un programa en televisión de
algo que tenía que ver con el mundo de la restauración. Pero
no es al programa a lo que quiero referirme, es a la postura que
tomó para seguir viéndolo.
-Ven,
siéntate aquí a mi lado, veremos los dos juntos como hacer la
receta de la crema pastelera. –Dijo mi tía tomándome de la
mano.
Pensaba
que ese gesto de agarrarme la mano era una más de su forma de
actuar, pensaba que me diría algo referente a ellas, ¡las
manos! Pero me dejó gratamente sorprendido cuando llevó mi
mano izquierda en dirección a sus piernas y la depositó encima
de la rodilla derecha. Hacer aquello era un sueño, mejor dicho,
una fantasía que rondaba mi cabeza desde hacía algunos meses.
Tengo 20 años, y algo de experiencia con las mujeres, pero a
pesar de eso, me puse algo nervioso por aquella situación.
-Tía,
este programa es un tostón. –Dije para desviar un poco su
atención.
-Si
no te gusta, lo quitamos, mira... será lo mejor, porque también
a mí me empezaba a caer gordo, ese gordo y pedante cocinero.
–Contestó al tiempo que se levantaba sonriendo, porque ni el
cocinero era pedante, y ni mucho menos gordo.
Se
rompió el hechizo, se volatilizó el encanto de sentir la
temperatura de su pierna transmitida a la palma de mi mano, ver
sus piernas separadas, era algo que me empezaba a poner muy
excitado. Sin decir nada, salió de la sala de estar dirigiéndose
en dirección a su dormitorio, lugar que podía ver desde el sofá,
ya que la puerta de la sala estaba abierta, entró en la
habitación y allí permaneció hasta que la siento decir:
-Pedro,
ven por favor, que te necesito para que me ayudes,
-Voy
Tía. –Le contesté.
Apagué
la televisión, y maquinando mil situaciones diferentes durante
el corto trayecto hasta la habitación, ¡viví mi fantasía!
Pero mi sueño se rompió cuando entré y mi tía estaba
ordenando las cosas de un armario empotrado que tiene en ella.
-Necesito
que me bajes esa caja del armario, pesa mucho y yo no lo puedo
hacer. –Dijo señalando con su dedo índice hacia ella.
-Ahora
mismo Tía Aurora.
Como
pude, no sin pocos esfuerzos por mi parte, bajé aquella pesada
caja, depositándola a los pies de ella que estaba sentada en la
cama. Nuevamente despreocupada, tenía las piernas separadas por
lo que pude ver sus bragas, ¡por cierto, blancas!
-¿Te
gustan? –Dijo con picaresca mi tía.
Sin
dejar de separar y juntar las piernas me enseñaba una y otra
vez los muslos por su parte interior, la visión de las bragas
era fantástica. Nervioso como estaba, y lento de reflejos dudé
en contestarle, ya que entre sus manos tenía lo que parecían
ser dos gemelos de oro y diamantes, supuse que recuerdo de su
primer marido. No sabía si se refería a los gemelos o a la
visión de sus bragas, por eso simplemente le contesté:
-¡Sí...
me gustan!
-¿Quieres
tocarlas? –Preguntó mi tía con una sonrisa dibujada en su
cara.
Estaba
confundido, nuevamente dudé si cuando me preguntaba si quería
tocarlas, se refería a las bragas o a las joyas que tenía
entre sus manos, cosa por la que sin hacer movimiento alguno
contesté:
-¡Sí!
Sin
duda alguna empecé a darme cuenta de que mi tía estaba jugando
conmigo, tomó los gemelos en su mano izquierda, y con su
derecha agarrando una de mis manos los depositó para que los
pudiera ver y tocar. Aquello era un juego de insinuaciones que
no sabía yo interpretar, tenía que ir con mucho cuidado de no
equivocarme al recibir los mensajes que ella me daba. Si metía
la pata, me podía meter en un lío, y estropear las buenas
relaciones que mantenía con mi madre. Por eso, sin dejar de
mirarle las piernas me pasé aquellas joyas de una mano a la
otra y le contesté:
-Son
muy bonitos, ¿de quién son?
-Eran
de mi marido, ¡de mi primer marido! –Contestó poniéndose
seria.
Como
creía, corroboré que aquellos gemelos, y el contenido de
aquella caja, eran recuerdos de su primer marido. Por cierto, en
ese momento eché a faltar a Pablo, que siempre que podía
estaba con nosotros cuando yo visitaba la casa.
-¿Dónde
está Pablo? –Le pregunté.
-Se
ha marchado de viaje, estará 15 días en Nueva York. –Contestó
al tiempo que abría aún más sus piernas.
Lo
que estaba sucediendo me estaba sacando de sí, seguía tan
excitado que estaba pensando como dicen las mujeres en los
chistes sexistas, con la neurona que tenemos en una de nuestras
dos cabezas, ¡sí, con el glande de mi pene! No pensé en las
consecuencias que un mal paso podía provocar en mi buena relación
con mi tía y por supuesto con mi madre, por eso dije lo que
dije:
-Tienes
unas bragas de punto muy bonitas.
Con
la mayor naturalidad posible, y como si nada de importancia
tuviera el hecho, se levantó de la posición en la que estaba y
remangándose las faldas se bajó las bragas y me las dio
diciendo:
-Míralas,
tócalas, son de seda y blonda, son muy cómodas y
transpirables.
Con
no poco nerviosismo, las tome entre mis manos y las acaricié,
al tiempo que ella se dejaba caer las faldas hasta si posición
inicial, nuevamente se sentó, y yo permanecí arrodillado ante
la caja, acariciando sus bragas, y viéndole su arrugada raja.
Tenía unos labios vaginales que era toda una delicia verlos.
Sin poder aguantar la excitación, me llevé las bragas a la
altura de la nariz y aspiré profundamente el aroma de su
intimidad.
-¡Huelen
de maravilla! –Exclamé.
Oler
las bragas era una de mis debilidades, lo hacía con las de mi
madre, y lo hacía con las de mis amigas, siempre que tenía la
oportunidad, pero oler las de una mujer que me sacaba 40 años
de diferencia no lo había hecho nunca. La experiencia fue
sublime, no me pude aguantar y noté como de mi pene salía
espontáneamente un chorro de líquido preseminal que sin duda,
manchó el calzoncillo, ¡qué vergüenza!
-¿Te
gusta mi olor? –Preguntó con naturalidad.
-Sí
Tía, es un olor muy sensual, mezcla de tu perfume íntimo con
el de tu propio sexo, ¡es el deseo de cualquier hombre!
Sonrió,
no dijo nada, juntó las piernas y terminó con la exhibición
de su raja, parecía como si hubiera cambiado de pensamiento, ya
que siguió sacando cosas de la caja y contándome sus
batallitas de cuando era joven. Mi excitación fue bajando de
intensidad, pero mis pensamientos no me dejaban que me
concentrara en lo que ella me iba contando. Sintiendo el tacto
de sus bragas entre mis manos, de cuando en cuando las olía
para extasiarme de su aroma, yo quería que aquello que había
empezado que no terminara, tenía el convencimiento que hacer el
amor con una mujer de esa edad debía de ser una de las cosas más
maravillosa de este mundo.
-¿Tía,
tu primer marido follaba bien? ¡Del actual, ni te hablo! –Le
pregunté y exclamé.
Ella
sonrió, le hizo gracia mi manera de actuar, Aurora sabía que
lo que había hecho era calentarme, y que no me podía dejar así,
pero quería que la cosa fuera sensual y excitante poco a poco,
y no como pasa en las películas pornográficas, que cuando se
desnudan sus actores pierde la película interés, porque ya
solamente quedan imágenes explícitas de cómo se introduce el
pene el la vagina, ¡ella no quería eso! Por eso calló, sonrió,
pero calló, se limitó a remangarse un poco las faldas pero sin
separar un ápice las piernas para que le pudiera ver los
muslos. Muslos por cierto fantásticos para una mujer de 60 años.
Mi tía parecía leerme la mente, parecía saber que a mí me
gusta más imaginar que ver, por eso mi excitación volvió a
retomar a la consistencia anterior, mi pene a penas si podía
soportar la presión ejercida sobre la bragueta del pantalón.
-Pedro,
si lo deseas, puedes acariciarme los muslos, ¡créeme, los
tengo muy suaves! -Dijo en voz baja y muy sensual.
-¿No
te enfadas si lo hago?
-No,
no me enfadaré, lo haré si no lo haces. –Contestó en esa
ocasión sonriendo.
Decidido,
y ya sin pensar en nada ni en nadie, dejé sus excitantes bragas
sobre los pies de la cama, y me abalancé a la tarea de
acariciar los muslos de mi tía, que como ella me dijo eran
suaves, ¡muy suaves! Su tacto era excitante, y su temperatura
agradable al notarla sobre mis manos. Cuando la hube acariciado
por los muslos y resto de las piernas hasta llegar a los
tobillos, la descalcé para darle un masaje en los pies. Tomándola
por las pantorrillas, primero uno y después el otro, la descalcé
suavemente de sus zapatos de tacón. Ante mis ojos quedaron dos
hermosísimos pies cuidados hasta el deleite, como deleite era
acariciarlos y besarlos sin asco alguno, le olían como olían
sus bragas, fue excitante darle un masaje del que ella parecía
disfrutar, cosa que demostraba por los cortos gemidos que daba,
¡cierto es que disfrutaba! Pero mi tía no bajaba la guardia,
no separaba las piernas para que el premio de ver su raja se
hiciera lo más deseado posible. Un fuerte estruendo nos sacó
de lo inmerso de nuestros juegos.
-¿Qué
ha sido eso? –Gritó casi aterrorizada mi tía.
-Ha
sido un rayo que debe haber caído cerca, ha sonado como si
hubiera caído en el edificio de enfrente. –Le dije.
Toda
la magia y la excitación que yo tenía, y la que imaginaba que
sentía ella, se fue al traste, con nuestros corazones
palpitando acelerados por el susto que acabábamos de tener, no
dirigimos raudos al ventanal de la sala para ver si el rayo había
caído y creado algún daño. Efectivamente, el rayo había
impactado en un lateral de la vivienda a la altura de la azotea,
destrozando un buen trozo, que por lo que se veía en el suelo
se precipitó quedando esparcido por toda la calle. Por suerte,
o por designios del destino, nadie pasaba por ese lugar, en ese
preciso momento, ¡nada pasó! Ese estruendo dio paso a muchos
otros y con ellos una tormenta de agua y viento como nunca jamás
había yo vivido. Pasamos mucho, pero que mucho miedo durante
los más de 40 minutos que aquello duró. En esos momentos, no
había lugar al erotismo, estábamos expectantes por ver si
sucedía algo. Ring, ring... el teléfono sonó:
-¡Hola
Elena! Tranquila, que Pedro está aquí. –Le dijo a mi madre.
Le
contó el miedo que habíamos pasado, y que estábamos bien,
pero que como tenía tanto susto, le agradecería que me quedara
a dormir en la casa con ella, ya que su marido estaba fuera.
Cosa a la que mi madre no solo no puso objeción alguna, sino
que estuvo encantada de que lo hiciera.
Como
siempre pasa, después de la tempestad, viene la calma, aunque
la noche se presentaba como el día, ¡de perros! Los relámpagos
y los truenos se fueron alejando, pero la ventisca y la lluvia
no amainaban. De nuevo, y ya que teníamos toda la noche por
delante, nos fuimos a la habitación para seguir viendo cosas de
aquella caja con objetos del marido de mi tía, cuando ellos dos
eran jóvenes. Antes de sentarse en la cama por delante de la
caja, Aurora se acercó al cajón de la cómoda y de él sacó
unas medias de fina seda color carne, ¡del color, de sus
blancas carnes!
-¡Toma
Pedro, pónmelas! –Dijo mi tía Aurora dándomelas.
Con
mis amigas nunca había realizado esta clase de juego erótico,
con ellas vamos al grano, desnudos en 10 segundos, y listos en
dos minutos, ¡las chicas que conozco, son así, muy rápidas!
Muchas veces he pensado que deberían de haber nacido conejas,
¡sí, por lo de lo rápidos que hacen la cópula los conejos!
Bueno, bromas a un lado. Lo que mi tía me proponía era una
cosa muy sensual, ponerle las medias lentamente era un fetiche
que me encantaba llevar a buen término.
Siguiendo
con su forma de no enseñar más que lo necesario, sentada en la
cama, cruzó las piernas dejando primero la derecha en posición
para poderle colocar la media, aparté la caja para poderme
arrodillar ante ella, le quité los zapatos que otra vez tenía
colocados, con gran suavidad empecé a remangar una de las
prendas para podérsela colocar de la mejor manera posible,
reclinado sobre la pierna con mis labios besé el empeine y
encaré la media para introducir el pie y poco apoco, con
suavidad fui acariciando sus piernas fui colocando la media
hasta llegar al muslo, que levantaba para facilitar la operación,
pero que en ningún momento separaba. Lo mismo hice con la otra
media, antes de eso, Aurora se dispuso a cambiar la posición de
las piernas, en dicho movimiento dejó que le viera por un
instante su vagina ya algo brillante debido a la excitación.
-¡Pedro,
ahora cálzame! –Exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.
Como
me pidió la calcé tras acariciar las piernas y los pies
sintiendo el tacto de la fina seda en mis manos. Mi tía estaba
logrando que poco a poco me vaciara, mi pantalón estaba que
estallaba, y a la altura de la pernera tenía una mancha debida
al líquido que poco a poco mi próstata iba produciendo, nuca
me había pasado algo así, ¡siempre hay una primera vez!
Yo
pensaba, qué es lo que tendrá ahora en mente esta mujer para
sorprenderme, pronto salí de la duda, me tomó de la mano y me
arrastró hasta que llegamos a la sala de estar, me dejó a la
altura del sofá para que me sentara, y tras acercarse hasta el
equipo de música, y poner una música romántica empezó un
baile sugerente y no menos sensual. Al tiempo que bailaba se
acariciaba de arriba abajo por todos los contornos de su cuerpo,
de vez en cuando hacía como una flexión hasta quedar
arrodillada, momento en el que podía ver su coño totalmente
mojado debido a la excitación, cuando se volvía a poner en
pie, aprovechaba para levantarse una parte de la falda y dejar
todo el muslo al descubierto, aquella era una danza erótica
estudiada y ejecutada con arte por toda una diosa del amor. Al
rato de estar bailando y acariciando su cuerpo, se acercó hasta
donde estaba yo observando, extendió sus manos para invitarme a
participar en ese ritual de insinuación.
-Ven
cariño, haz que tu anciana tía se sienta nuevamente una mujer,
baila y disfruta de mi cuerpo al tiempo que disfruto del tuyo.
–Dijo clavando su mirada el la entrepierna mojada del pantalón.
-¡Ostras
Tía, no digas que eres una anciana! Eres una mujer muy hermosa,
que todavía tiene mucha vida por delante, mis amigas de 20 años,
ya quisieran ser lo hermosa y sensual que eres tú.
-Pedro,
eres todo un caballero, tú si que sabes como alagar a una
mujer, sabes como alimentar su ego.
Me
agarró por la cintura como si yo fuera la chica, y con
movimientos estudiados, empezó a besarme y lamerme, por la cara
y el cuello, sus labios por momentos rozaban los míos, ¡que
placer! Sentía algo inexplicable, el placer que experimentaba
no se parecía al que gozaba cuando besaba a mis amigas, los
labios y la lengua de mi tía eran otra cosa, ¡me hacían
estremecer!
-¡No
puedo más... siento que me voy a correr! –Le dije con
urgencia al oído.
-Hazlo,
no te preocupes, hazlo dentro, impregna tus calzoncillos y el
pantalón, ¡eso me pone!
Ya
no era cuestión de que me preocupara o no, lo cierto era que ya
no podía mantener por más tiempo la excitación de tener entre
mis manos a mi tía, supongo que por el morbo de estar
practicando el incesto con ella, estaba tan excitado que me corrí,
y lo hice con tanta fuerza que parecía como si me estuviera
orinando, ¡cielos, qué placer, qué mancha en el pantalón!
-¡Qué
corrida! Parece que llevabas mucho tiempo sin que una mujer te
excitara. Deja que te abra la bragueta, deja que vea, que libere
al causante de ese enorme bulto que esconde el pantalón.
–Dijo mi tía sonriendo con ojos como platos.
No
terminó de hablar cuando me estaba bajando la cremallera para
acceder al erecto, sacrificado y reprimido pene, que estaba a
disgusto dentro del pantalón. Pero antes de liberarlo, lamió
un poco de la mancha del mismo.
-Pedro,
es fantástico, tu semen me sabe a fresas, ¿chico, que es lo
que comes? –Dijo con guasa, al tiempo que liberaba el pene y
lo lamía con la punta de la lengua.
Sin
darme tiempo a más, me bajó los pantalones y los calzoncillos
hasta que descansaron sobre mis tobillos, si hubiera tenido que
salir huyendo, me habría metido una ostia de tres pares de
cojones, me hubiera caído todo lo lago que soy, ya que los
pantalones y los calzoncillos hacían de grilletes. En aquella
situación en la que mi tía me había dejado, no resultaba ser
muy sensual, pero a ella poco le importaba, lo que en ese
momento le tenía entretenida era mi enorme y erecto falo, digo
enorme, cuando en realidad no es nada del otro mundo, es un pene
que apenas rebasa los
19 centímetros
de longitud, y los cinco de diámetro, que mi tía parecía
alucinar al verlo, por lo que dijo:
-¡Hijo,
qué aparato! Esto es una polla, si señor, ¡como voy a
disfrutar de ella!
¡Qué
dices Tía, pero si es una picha de lo más normal, tirando a
pequeña! –Le dije hablando es serio.
Fuera
pequeña, o grande como ella decía, lo cierto es que empezó a
lamerla y a succionarla de tal manera que tras unos minutos de
arduo trabajo y después de unos gemidos por mi parte le dije:
-¡Tía,
ten cuidado... que me corro!
Aurora
no pareció sentirlo, o no quiso hacerlo, el caso es que
permaneció con mi pene palpitante en su boca para recibir
directamente el producto de mi corrida en el interior de su
garganta, chupó, y succionó hasta dejarme sin una sola gota de
líquido, ¡era toda una experta! Una profesional en el arte de
la mamada, ¡cómo disfruté! Yo no sabía lo que ella
experimentaba, pero creí que también estaba disfrutando de
aquel encuentro.
No
había pasado una hora, y mi tía había hecho que me corriera
dos veces, y todo sin que aún no la hubiera visto desnuda, sin
que no le hubiera podido tocar el coño, o acariciado sus tetas.
Después
de ese asalto, con mi tía casi todavía relamiendo los restos
de semen en su boca, me sentó en el sofá para descalzarme y
quitarme el pantalón y los calzoncillos.
-Espera,
que los voy a llevar a la lavadora, los pondré a lavar, para
que mañana los tengas secos, ¡sino, qué pensará tu madre!
–Dijo con mirada lujuriosa.
Cuando
se retiraba en dirección al lavadero, se alzó la falda dejándome
ver sus torneadas y blancas nalgas, ¡dioses, eran preciosas!
Sabía como seguir excitándome y al tiempo provocarme para que
mi excitación no decreciera... cuando unos minutos después
volvió lo hizo, con la falda algo subida, dejando ver casi la
totalidad de sus medias, le veía los muslos pero sin dejar que
le llegara a ver la vulva. Se contorneaba insinuante,
provocadora, mi pene al verla, rectifico, al verla, mi cerebro
le dio una orden directa a mi pene para que este palpitara de
excitación.
-¿Todavía
la tienes así de dura? ¡Cariño, eres todo un semental!
–Dijo acercándose.
En
las manos traía lo que identifiqué como una maquinilla de
afeitar, un bote del gel, una palangana con agua y echada sobre
el hombro una toalla. ¿Qué es lo que pretenderá ahora? Me
pregunté para mis adentros. Pronto me sacó de la incertidumbre
en la que estaba. Se arrodilló delante de mí, y aunque mi
erecto pene, casi le llegaba a la boca, por esa vez lo dejó
descansar, tomó el bote de gel y me untó un poco en el pubis,
¡estaba claro! No pretendía otra cosa que afeitarme el vello púbico.
Me equivoqué, no solamente quería afeitarme los vellos del
pubis, lo hizo en toda la zona genital, incluidas la anal y del
perineo.
-Tía,
eres fantástica con tus toqueteos me has provocado..., prepárate
que estoy nuevamente a punto de correrme. –Dije a penas sin
poder articular palabra debido a la inminente oleada de espasmos
provocados por el orgasmo.
En
ese momento descubrí, que mi hermosa, excitante y madura tía,
disfrutaba con el hecho de saborear y de tragarse el semen que
de mi pene salía, ligera como el relámpago, relámpagos que
por cierto empezaban a alumbrar de nuevo, la tormenta arreciaba.
Introdujo el pene en su boca para no perder ni una gota. Vi, me
di cuenta de que disfrutaba con eso, pero no me esperaba lo que
hizo, cuando ya le quedaba poco que tragar, con lo que tenía
retenido de semen en su boca, y junto con la saliva que la
excitación le producía, se acercó a mi boca y me soltó todo
el contenido de la mezcla que contenía en la suya, ¡nuevamente,
dioses, qué placer!
-¿Te
ha gustado Pedro? –Me preguntó.
-¡Sí,
Tía! Me ha gustado la mezcla de sabores, he de decirte que el
sabor de la fresa de mi semen mezclado con el fresco aroma de
menta de tu saliva, es un elixir parecido a la ambrosía. –Le
contesté.
-¡Tú
si que sabes chico! Estoy orgulloso de mi hermana, ha tenido un
hijo que sabe como tratar y alagar a una mujer, ¡eres fantástico!
Entre
halagos y flores, el tiempo iba pasando, sin darnos cuenta ya
eran casi las diez de la noche, mi excitación no decrecía lo más
mínimo, mi tía era una experta que sabía como hacer que el
ascua del deseo permaneciera encendida, ya lo creo que lo sabía,
habían pasado dos horas y media, y la deseaba como si fuera el
primer minuto en el que la había visto. Yo estaba desnudo de
medio cuerpo, pero ella seguía totalmente vestida, solamente le
faltaban las bragas, que estaban allí olvidadas sobre los pies
de la cama en su dormitorio.
Aún
relamiéndonos del sabor de nuestros jugos, mi tía empezó con
un nuevo juego, se acercó hasta mi oído derecho y dándome
suaves besos y lamidas en el lóbulo con voz sensual como lo era
la suya dijo:
-¿Te
gustaría acariciar uno de mis caídos pechos?
-Sí
tía, me encantaría, pero no creo que los tengas caídos. -Le
dije por que era en realidad lo que pensaba.
Ella
no dijo nada, se limitó a separarse y a quitarse la camisa que
llevaba puesta, ante mí, quedó un elegante sujetador blanco a
juego con sus bragas que contenían unos redondos y no muy
grandes pechos, ¡estaba deseando verlos! Se giró dándome la
espalda y dijo:
-Pedro,
abre el cierre, y dejaré que me acaricies los senos.
Siempre
he tenido gran habilidad abriendo esos incordios de inventos,
cierres que a algunas personas tanto les cuesta abrir. Lo abrí,
y su espalda quedó despejada ante mí, no pude reprimir el
deseo de acariciarla y así lo hice.
-¡Qué
fría tienes las manos cariño! –Dijo mi tía al tiempo que se
giraba enseñándome sus pechos.
Lo
que sospechaba era cierto, mi tía tenía unos preciosos pechos,
redondos y tersos, algo pequeños pero que eran todo una
delicia, eran como los de una chica de 18 años, casi no me podía
creer que una mujer con 60 años tuviera aquellos excitantes y
apetecibles pechos.
-Perdona
tía, por el frío de mis manos, que hacen contrastes con el
ardor de mi cuerpo, deja que con ellas acaricie tus pechos, pásame
el calor de tu cuerpo. ¡Por cierto, de pechos caídos nada!
Tienes unos senos de jovencita que son una delicia, ¿realmente
tienes 60 años?
-Pedro,
eres un adulador empedernido, estoy orgullosa que seas mi
sobrino, de verdad, te repito sabes como tratar a una mujer.
–Dijo dándome un beso en los labios.
Tocar
sus pechos, nuevamente provocó en mí una erección de las que
hacían época, apenas me podía acercar a ella debido a la
erección. La escena era muy cinematográfica, ella desnuda en
su parte superior, yo desnudo en la inferior. La cosa ya no tenía
solución se estaba precipitando a pasos agigantados, a ella se
la veía deseosa de ser penetrada y yo deseando de hacerlo. Fue
ella quien dio el paso, me despojo de la camisa, y yo la despojé
de la falda, ¡cielos! Me parecía estar viviendo una fantasía,
que mujer, qué cuerpo, tenía la figura de una modelo de
revista, y todo a pesar de sus 60 años.
-¡Puedes
hacerlo, lo estás deseando! –Dijo Aurora como leyéndome la
mente.
No
me podía aguantar por más tiempo, estaba deseando meter mi
pene en aquella preciosa raja, que estaba chorreando de flujo
vaginal. Pero ya había aguantado tanto que entes de
introducirle la polla, le regalé con un cunnilingus que hizo
sus delicias.
-¡Sigue,
corazón sigue...! –Gritaba enardecida mi tía.
El
sabor de los jugos de su coño, era diferente al que tenían mis
amigas, mi tía era una mujer diferente en todo, era una mujer
fuera de lo normal. Ya estaba tan excitado que no pude contener
más mi eyaculación, con urgencia me puse en pie, y en esa
posición le introduje el pene en su vagina hasta el pondo, dejé
toda mi semillas en sus entrañas, satisfecho y tranquilo de
saber que no podía quedar embarazada.
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